| Hace casi cuarenta años como una joven Hermana de la Santa Cruz, pedí
ir a las “misiones extranjeras”, ahora llamadas Apostolado en el
Extranjero. Al final fui aceptada, y después de seis meses de estudio y
preparación llegué a Bangladesh.
Mientras estuve allí, ayudé a bebés abandonados a encontrar hogares
con parejas amorosas que parecen estar en todas partes del mundo, aquellos
que tanto quieren tener un bebé propio pero que no pueden tener hijos.
Creo que cada bebé debe tener dos personas especiales a quienes llamar
papá y mamá.
Un sacerdote de Santa Cruz encontraba constantemente pequeños bebés
desnutridos en la selva. Tenía muchas personas que lo ayudaban en la
búsqueda de estos “bebés de la selva”. El Padre me enviaba un bebé
con una nota escrita a mano: “Aquí está. ¿No es hermosa? Espero que
le puedas encontrar un hogar si logra vivir.”
El bebé estaba envuelto en una toalla, la cual tenía que devolver, y
por lo general llevaba consigo una botella de cerveza llena de leche. Aún
no sé cómo el padre conseguía los chupones que encajaban perfectamente
en esas botellas. En realidad, tampoco supe de dónde conseguía las
botellas. Por lo general, me quedaba con los bebés por unos meses hasta
estuvieran sanos y se completaran los trámites. Y luego iban con sus
nuevos padres a Francia, Inglaterra, Alemania, Suecia, Suiza, Canadá o
Estados Unidos.
Una de las experiencias más importantes de mi vida fue cuando llevamos
20 bebés abandonados a Grand Rapids, Michigan. Nunca olvidaré esa noche
en el aeropuerto cuando colocamos a los bebés en los brazos extendidos de
las madres y de los padres que esperaban.
Todos lloraban. Llevamos felicidad a muchas personas: abuelos, tías y
tíos, hermanos y hermanas, amigos y aún completos extraños. Estos
padres habían esperado un año para tener a sus bebés. Y cada familia
pensaba que yo había escogido al mejor bebé del mundo para ellas.
En 26 años que he estado trabajando en Bangladesh, coordiné 104
adopciones. Muchos de los bebés abandonados provenían del orfanato de la
Madre Teresa. Trabajé con el gobierno de Bangladesh y las embajadas de
Estados Unidos, Francia, Suiza, Inglaterra, Holanda, Noruega y Canadá.
También tuve que coordinar los exámenes médicos y las vacunas, pero
sentía que todo valía la pena cuando los bebés llegaban a sus amorosas
familias.
Tener una familia amorosa como la que yo tenía fue ciertamente una
inspiración y un factor motivante en mi vida.
Nací en la fiesta de Santo Domingo, y antes de que tuviera 18 horas de
nacida, mi tía Dominica anunció al mundo que algún día sería una
Hermana Dominica.
Antes de cumplir 18 años de edad, traté de convencer a mi papá para
que me dejara ser Hermana de la Santa Cruz. Le di todas las razones por
las que debía ir a Indiana y entrar al noviciado, y él me dio razones
por las que no debía hacerlo. ¡He aquí un irlandés que no quería que
su hija entrara al convento!
Finalmente llegamos a un compromiso. Yo trabajaría durante seis meses
y luego hablaríamos sobre mi futuro. Durante esos seis meses él esperaba
que olvidara la idea de ser religiosa, pero viajé de Nueva York a
Washington D.C., durante cuatro fines de semanas y durante esos “feriados”
conocí una variedad de hermanas de Santa Cruz y aprendí más sobre la
Congregación.
Seis meses después presenté mis documentos de postulación a mi padre
y le pedí que los firmara pues aún no era mayor de edad y necesitaba su
permiso para entrar a Santa Cruz. Era un buen padre, un hombre católico y
honesto. Quería que me diera cuenta de lo que hacía y que fuera feliz.
Sin embargo, en ese momento, él sabía que yo me había determinado a
entrar a Santa Cruz y que no me retractaría. Dio su consentimiento, pero
no lo hizo hasta que yo le prometiera que volvería a casa si descubría
que la vida religiosa no era para mí.
Completar aquel formulario de postulación fue más difícil de lo que
imaginé. Yo sabía que quería ser una hermana, pero ¿cómo expresas en
palabras la respuesta a la pregunta: “Por qué quieres entrar a la vida
religiosa?”
Hoy en día, después de más de 50 años, aún creo que la vocación
por la vida religiosa es un misterio que no puede ser contestado
completamente en papel. El don de la palabra se acerca mucho al intento de
explicar el don de Dios sobre sí mismo y nuestra respuesta hacia Dios y
su pueblo.
Una de mis amigas sabía cuánto quería ser aceptada así que buscó
todas las “respuestas correctas” en las Sagradas Escrituras. Así que
me sugirió que escribiera que yo quería “el ciento por uno” y la
vida eterna. A los dieciocho años no pensaba en la vida eterna, ¡sino en
vivir! Finalmente, le dije: “Si alguien te pregunta por qué te casas”,
responderías, “por amor”. ¡Esa fue mi respuesta!” De cualquier
forma, ella pensaba aún que, por si acaso, debía aumentar algo sobre
alimentar al hambriento y vestir al desnudo.
La siguiente pregunta era más fácil: “¿Por qué quieres ser una
hermana de la Santa Cruz?”
Cuando estaba en sétimo grado, nuestra familia se mudó de Long
Island, Nueva York, a Manhattan. Me inscribí en el Colegio ‘San Pablo,
el Apóstol’ donde me enseñaron las hermanas de la Santa Cruz. ¡Vi que
las hermanas eran felices! Nos querían y lo sabíamos. El convento de las
hermanas era un apartamento como cualquier otro en la Calle 61; sólo una
simple placa de bronce en la puerta nos indicaba que las hermanas vivían
allí. No tenían muchas cosas materiales, pero eran ricas de otras
maneras. Tenían un espíritu maravilloso; es más, debían de ser las
personas más felices de Nueva York y yo quería compartir esa vida.
Casi cuatro semanas después recibí una respuesta de Saint Mary’s.
En aquel tiempo, mi querido padre estaba muy molesto con “esas monjas”.
¿Acaso no saben lo que están recibiendo? Decía: “¡Bien si no te
quieren, nosotros sí!” ¡Gracias a Dios que sí mi quisieron!
Al volver atrás, apenas puedo recordar mi noviciado. Sé que había 30
hermanas en nuestro grupo. Aprendimos sobre Santa Cruz, lo que significaba
ser una hermana, y sí llegamos a conocernos a nosotras mismas con gran
profundidad. Desearía decir que llevaba una profunda vida orante, pero en
realidad toma toda una vida desarrollar dicha relación, y verdaderamente
era sólo una novicia en esto. Sí, deseaba ser parte de Dios, y estoy
segura que el Señor nos llenaba con su amor y nos ayudaba con nuestros
estudios.
Recuerdo una noche cuando dos misioneras de la India nos hablaron sobre
sus experiencias. Después de la charla, una de las hermanas preguntó:
“¿Quién desearía ir a la India?” Alcé la mano. La hermana que
dirigía el programa de postulantes estaba sentada a mi lado. Sonrió y me
preguntó: “¿Qué te hace creer que puedes ir hasta la India cuando
extrañas tanto tu hogar estando aquí en Indiana?” La Hermana de la
India respondió por mí: “Extrañar tu hogar muestra que vienes de una
buena familia. ¡Si Dios te quiere allá, irás!
Después de hacer mis primeros votos, me enviaron a enseñar a Saint
Mary’s en Alexandria, Virginia. Enseñé primer grado y me di cuenta de
que los niños eran muy confiados, vivos e inocentes. Me quedé en Saint
Mary’s por cuatro años y me entristecí cuando me enviaron a la Escuela
del Santo Sacramento en Chevy Chase, Washington, D.C. Aprendí que en la
comunidad, una de las cosas más duras era dejar un ministerio, decir
adiós y empezar todo de nuevo. Cada lugar nuevo era un desafío, y estaba
segura de que ningún lugar podría ser como el último que dejaste.
También he descubierto que las personas no parecen entender por qué
las hermanas que realizan servicios de Apostolado en el Extranjero siempre
están tan contentas de volver a Brasil, Uganda, Ghana, Perú o
Bangladesh. Como lo ven, las personas piensan que hemos renunciado a mucho
y que nuestra vida es dura. Sin embargo, la pura verdad ¡es que nos
encanta! Nuestra vida es simple y nos las arreglamos con pocas cosas, pero
amamos a las personas, nuestro trabajo y especialmente a la gran comunidad
de hermanas con las que compartimos todos los días. Ahí encontramos “el
ciento por uno” de diferentes maneras. Por ejemplo, en Bangladesh en el
hermoso complejo habitacional de nuestra universidad, tenemos una tierra
tan fértil en la que todo crece. En ninguna otra parte de Santa Cruz
podrías encontrar una cerca de gardenias y flor de fuego cubriendo el
muro, orquídeas en el mango y árboles de nanjea, o palmeras datileras o
de cocos en el patio de la escuela. Es cierto que el clima es insoportable
pero sólo cuando piensas que vas a morir de calor, vienen las lluvias
monzónicas; y cuando sientes que vas a gritar si no deja de llover, el
calor empieza otra vez. Y sabes que el encantador “invierno” vendrá
pronto.
En Bangladesh el trabajo de las hermanas es principalmente la
educación y tenemos una educación formal en nuestras escuelas y
universidades. También tenemos programas de alfabetización para niños
en extrema pobreza y programas cooperativos con los aldeanos del lugar.
Además, existe un noviciado para las jóvenes Bengalíes que quieren
unirse a Santa Cruz.
En 1991 cuando volvía a casa de visita, mi hermana se enfermó y
decidí quedarme en Estados Unidos. Ella murió dos años más tarde.
Mientras vivía en California, tomé un curso especial de un año en la
capellanía del hospital. Después de recibir mi certificación empecé a
trabajar en un servicio de atención continua para ancianos. Así como
sentía amor al cuidar a los bebés, me enamoré de los adultos mayores.
Trabajé en Marrero, Louisiana, en San Pierre, Indiana y ahora estoy en
South Bend, Indiana, en uno de los hogares de reposo.
Cuando cumplí setenta años, me di cuenta que nuestra sociedad es
verdaderamente móvil y cuánto uno necesita un auto para trasladarse. Mi
problema fue que nunca aprendí a manejar. En Nuestra Señora del Centro
de Salud de Santa Cruz en San Pierre, tenía a muchos ayudantes que me
llevaban a las viejas carreteras del campo a practicar. El día que pasé
la prueba de manejo, todos celebramos.
Durante todos estos años, he mantenido contacto con los bebés
bengalíes que llevé a Estados Unidos. En los últimos cinco años,
asistí a dos de las bodas de estos niños y me avisaron de la graduación
de muchos de ellos, y que ¡todos asisten a la universidad! Estoy tan
orgullosa de todos sus logros.
En 1999, celebré mi quincuagésimo aniversario como Hermana de la
Santa Cruz. En la celebración, en la que conmemoramos los 50 años de la
profesión de mis votos, mi familia vino de Florida, Virginia y Nueva
York. Fue un día perfectamente hermoso y supe que había recibido “el
ciento por uno” repetidas veces.
* * *
"Las Jornadas de Santa Cruz" son historias
vocacionales diseñadas para compartir las vidas de las Hermanas
de La Santa Cruz con jóvenes que están explorando la posibilidad
de entrar a la vida religiosa. Hay una serie de historias acerca
de hermanas que participan en diversos ministerios.
La Congregación de las Hermanas de la Santa Cruz es una
comunidad internacional cuya casa Madre se encuentra en Saint
Mary's, Notre Dame, Estados Unidos. Su enfoque ministerial es en
la justicia, la educación, la salud y otros servicios pastorales.
La Congregación trabaja en Bangladesh, Brasil, Ghana, India, México,
Perú y Uganda, al igual que en Estados Unidos. La congregación
fue fundada en 1841, y cuenta con aproximadamente 600 miembros a
través del mundo.
Contacto:
Hermana Micaela Toepp, CSC
Apdo. Postal #54
Guadalupe, Nuevo Leon
Mexico 67101
81-83-23-34-08
micaela@hermanasdelasantacruz.com |