CIEN BENDICIONES MÁS
Por la Hermana Leonora Donnelly, CSC

Isaac sembró en aquel país y cosechó aquel año el ciento por uno

Genesis 26:12

Hace casi cuarenta años como una joven Hermana de la Santa Cruz, pedí ir a las “misiones extranjeras”, ahora llamadas Apostolado en el Extranjero. Al final fui aceptada, y después de seis meses de estudio y preparación llegué a Bangladesh.

Mientras estuve allí, ayudé a bebés abandonados a encontrar hogares con parejas amorosas que parecen estar en todas partes del mundo, aquellos que tanto quieren tener un bebé propio pero que no pueden tener hijos. Creo que cada bebé debe tener dos personas especiales a quienes llamar papá y mamá.

Un sacerdote de Santa Cruz encontraba constantemente pequeños bebés desnutridos en la selva. Tenía muchas personas que lo ayudaban en la búsqueda de estos “bebés de la selva”. El Padre me enviaba un bebé con una nota escrita a mano: “Aquí está. ¿No es hermosa? Espero que le puedas encontrar un hogar si logra vivir.”

El bebé estaba envuelto en una toalla, la cual tenía que devolver, y por lo general llevaba consigo una botella de cerveza llena de leche. Aún no sé cómo el padre conseguía los chupones que encajaban perfectamente en esas botellas. En realidad, tampoco supe de dónde conseguía las botellas. Por lo general, me quedaba con los bebés por unos meses hasta estuvieran sanos y se completaran los trámites. Y luego iban con sus nuevos padres a Francia, Inglaterra, Alemania, Suecia, Suiza, Canadá o Estados Unidos.

Una de las experiencias más importantes de mi vida fue cuando llevamos 20 bebés abandonados a Grand Rapids, Michigan. Nunca olvidaré esa noche en el aeropuerto cuando colocamos a los bebés en los brazos extendidos de las madres y de los padres que esperaban.

Todos lloraban. Llevamos felicidad a muchas personas: abuelos, tías y tíos, hermanos y hermanas, amigos y aún completos extraños. Estos padres habían esperado un año para tener a sus bebés. Y cada familia pensaba que yo había escogido al mejor bebé del mundo para ellas.

En 26 años que he estado trabajando en Bangladesh, coordiné 104 adopciones. Muchos de los bebés abandonados provenían del orfanato de la Madre Teresa. Trabajé con el gobierno de Bangladesh y las embajadas de Estados Unidos, Francia, Suiza, Inglaterra, Holanda, Noruega y Canadá. También tuve que coordinar los exámenes médicos y las vacunas, pero sentía que todo valía la pena cuando los bebés llegaban a sus amorosas familias.

Tener una familia amorosa como la que yo tenía fue ciertamente una inspiración y un factor motivante en mi vida.

Nací en la fiesta de Santo Domingo, y antes de que tuviera 18 horas de nacida, mi tía Dominica anunció al mundo que algún día sería una Hermana Dominica.

Antes de cumplir 18 años de edad, traté de convencer a mi papá para que me dejara ser Hermana de la Santa Cruz. Le di todas las razones por las que debía ir a Indiana y entrar al noviciado, y él me dio razones por las que no debía hacerlo. ¡He aquí un irlandés que no quería que su hija entrara al convento!

Finalmente llegamos a un compromiso. Yo trabajaría durante seis meses y luego hablaríamos sobre mi futuro. Durante esos seis meses él esperaba que olvidara la idea de ser religiosa, pero viajé de Nueva York a Washington D.C., durante cuatro fines de semanas y durante esos “feriados” conocí una variedad de hermanas de Santa Cruz y aprendí más sobre la Congregación.

Seis meses después presenté mis documentos de postulación a mi padre y le pedí que los firmara pues aún no era mayor de edad y necesitaba su permiso para entrar a Santa Cruz. Era un buen padre, un hombre católico y honesto. Quería que me diera cuenta de lo que hacía y que fuera feliz. Sin embargo, en ese momento, él sabía que yo me había determinado a entrar a Santa Cruz y que no me retractaría. Dio su consentimiento, pero no lo hizo hasta que yo le prometiera que volvería a casa si descubría que la vida religiosa no era para mí.

Completar aquel formulario de postulación fue más difícil de lo que imaginé. Yo sabía que quería ser una hermana, pero ¿cómo expresas en palabras la respuesta a la pregunta: “Por qué quieres entrar a la vida religiosa?”

Hoy en día, después de más de 50 años, aún creo que la vocación por la vida religiosa es un misterio que no puede ser contestado completamente en papel. El don de la palabra se acerca mucho al intento de explicar el don de Dios sobre sí mismo y nuestra respuesta hacia Dios y su pueblo.

Una de mis amigas sabía cuánto quería ser aceptada así que buscó todas las “respuestas correctas” en las Sagradas Escrituras. Así que me sugirió que escribiera que yo quería “el ciento por uno” y la vida eterna. A los dieciocho años no pensaba en la vida eterna, ¡sino en vivir! Finalmente, le dije: “Si alguien te pregunta por qué te casas”, responderías, “por amor”. ¡Esa fue mi respuesta!” De cualquier forma, ella pensaba aún que, por si acaso, debía aumentar algo sobre alimentar al hambriento y vestir al desnudo.

La siguiente pregunta era más fácil: “¿Por qué quieres ser una hermana de la Santa Cruz?”

Cuando estaba en sétimo grado, nuestra familia se mudó de Long Island, Nueva York, a Manhattan. Me inscribí en el Colegio ‘San Pablo, el Apóstol’ donde me enseñaron las hermanas de la Santa Cruz. ¡Vi que las hermanas eran felices! Nos querían y lo sabíamos. El convento de las hermanas era un apartamento como cualquier otro en la Calle 61; sólo una simple placa de bronce en la puerta nos indicaba que las hermanas vivían allí. No tenían muchas cosas materiales, pero eran ricas de otras maneras. Tenían un espíritu maravilloso; es más, debían de ser las personas más felices de Nueva York y yo quería compartir esa vida.

Casi cuatro semanas después recibí una respuesta de Saint Mary’s. En aquel tiempo, mi querido padre estaba muy molesto con “esas monjas”. ¿Acaso no saben lo que están recibiendo? Decía: “¡Bien si no te quieren, nosotros sí!” ¡Gracias a Dios que sí mi quisieron!

Al volver atrás, apenas puedo recordar mi noviciado. Sé que había 30 hermanas en nuestro grupo. Aprendimos sobre Santa Cruz, lo que significaba ser una hermana, y sí llegamos a conocernos a nosotras mismas con gran profundidad. Desearía decir que llevaba una profunda vida orante, pero en realidad toma toda una vida desarrollar dicha relación, y verdaderamente era sólo una novicia en esto. Sí, deseaba ser parte de Dios, y estoy segura que el Señor nos llenaba con su amor y nos ayudaba con nuestros estudios.

Recuerdo una noche cuando dos misioneras de la India nos hablaron sobre sus experiencias. Después de la charla, una de las hermanas preguntó: “¿Quién desearía ir a la India?” Alcé la mano. La hermana que dirigía el programa de postulantes estaba sentada a mi lado. Sonrió y me preguntó: “¿Qué te hace creer que puedes ir hasta la India cuando extrañas tanto tu hogar estando aquí en Indiana?” La Hermana de la India respondió por mí: “Extrañar tu hogar muestra que vienes de una buena familia. ¡Si Dios te quiere allá, irás!

Después de hacer mis primeros votos, me enviaron a enseñar a Saint Mary’s en Alexandria, Virginia. Enseñé primer grado y me di cuenta de que los niños eran muy confiados, vivos e inocentes. Me quedé en Saint Mary’s por cuatro años y me entristecí cuando me enviaron a la Escuela del Santo Sacramento en Chevy Chase, Washington, D.C. Aprendí que en la comunidad, una de las cosas más duras era dejar un ministerio, decir adiós y empezar todo de nuevo. Cada lugar nuevo era un desafío, y estaba segura de que ningún lugar podría ser como el último que dejaste.

También he descubierto que las personas no parecen entender por qué las hermanas que realizan servicios de Apostolado en el Extranjero siempre están tan contentas de volver a Brasil, Uganda, Ghana, Perú o Bangladesh. Como lo ven, las personas piensan que hemos renunciado a mucho y que nuestra vida es dura. Sin embargo, la pura verdad ¡es que nos encanta! Nuestra vida es simple y nos las arreglamos con pocas cosas, pero amamos a las personas, nuestro trabajo y especialmente a la gran comunidad de hermanas con las que compartimos todos los días. Ahí encontramos “el ciento por uno” de diferentes maneras. Por ejemplo, en Bangladesh en el hermoso complejo habitacional de nuestra universidad, tenemos una tierra tan fértil en la que todo crece. En ninguna otra parte de Santa Cruz podrías encontrar una cerca de gardenias y flor de fuego cubriendo el muro, orquídeas en el mango y árboles de nanjea, o palmeras datileras o de cocos en el patio de la escuela. Es cierto que el clima es insoportable pero sólo cuando piensas que vas a morir de calor, vienen las lluvias monzónicas; y cuando sientes que vas a gritar si no deja de llover, el calor empieza otra vez. Y sabes que el encantador “invierno” vendrá pronto.

En Bangladesh el trabajo de las hermanas es principalmente la educación y tenemos una educación formal en nuestras escuelas y universidades. También tenemos programas de alfabetización para niños en extrema pobreza y programas cooperativos con los aldeanos del lugar. Además, existe un noviciado para las jóvenes Bengalíes que quieren unirse a Santa Cruz.

En 1991 cuando volvía a casa de visita, mi hermana se enfermó y decidí quedarme en Estados Unidos. Ella murió dos años más tarde. Mientras vivía en California, tomé un curso especial de un año en la capellanía del hospital. Después de recibir mi certificación empecé a trabajar en un servicio de atención continua para ancianos. Así como sentía amor al cuidar a los bebés, me enamoré de los adultos mayores. Trabajé en Marrero, Louisiana, en San Pierre, Indiana y ahora estoy en South Bend, Indiana, en uno de los hogares de reposo.

Cuando cumplí setenta años, me di cuenta que nuestra sociedad es verdaderamente móvil y cuánto uno necesita un auto para trasladarse. Mi problema fue que nunca aprendí a manejar. En Nuestra Señora del Centro de Salud de Santa Cruz en San Pierre, tenía a muchos ayudantes que me llevaban a las viejas carreteras del campo a practicar. El día que pasé la prueba de manejo, todos celebramos.

Durante todos estos años, he mantenido contacto con los bebés bengalíes que llevé a Estados Unidos. En los últimos cinco años, asistí a dos de las bodas de estos niños y me avisaron de la graduación de muchos de ellos, y que ¡todos asisten a la universidad! Estoy tan orgullosa de todos sus logros.

En 1999, celebré mi quincuagésimo aniversario como Hermana de la Santa Cruz. En la celebración, en la que conmemoramos los 50 años de la profesión de mis votos, mi familia vino de Florida, Virginia y Nueva York. Fue un día perfectamente hermoso y supe que había recibido “el ciento por uno” repetidas veces.

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"Las Jornadas de Santa Cruz" son historias vocacionales diseñadas para compartir las vidas de las Hermanas de La Santa Cruz con jóvenes que están explorando la posibilidad de entrar a la vida religiosa. Hay una serie de historias acerca de hermanas que participan en diversos ministerios.

La Congregación de las Hermanas de la Santa Cruz es una comunidad internacional cuya casa Madre se encuentra en Saint Mary's, Notre Dame, Estados Unidos. Su enfoque ministerial es en la justicia, la educación, la salud y otros servicios pastorales. La Congregación trabaja en Bangladesh, Brasil, Ghana, India, México, Perú y Uganda, al igual que en Estados Unidos. La congregación fue fundada en 1841, y cuenta con aproximadamente 600 miembros a través del mundo.

Contacto:
Hermana Micaela Toepp, CSC
Apdo. Postal #54
Guadalupe, Nuevo Leon
Mexico 67101
81-83-23-34-08
micaela@hermanasdelasantacruz.com